MISA VIRTUAL POR DOMINGO DE PASCUA

MISA VIRTUAL POR DOMINGO DE PASCUA

13 abril, 2020 Desactivado Por admin

ES TIEMPO DE APAGAR LA ANGUSTIA Y ENCENDER LA FE

Jesús Resucitado nos renueva el espíritu para enriquecer nuestra vida.
La celebración, presidida por el Obispo de Mercedes – Luján, Monseñor Jorge Scheinig, nos pide que recemos por los enfermos de la pandemia del COVID-19, los trabajadores de la salud y los miembros de las fuerzas de seguridad. También por los gobernantes, nacionales, provinciales y municipales que trabajan para cuidar la salud del pueblo argentino.

Reviví la misa del Domingo de Pascuas a través del canal de  YouTube del Santuario de la Luján:


 

Homilía Misa Domingo de Pascua del Señor
Monseñor Jorge Eduardo Scheinig
Obispo de Mercedes – Luján
Basílica de Luján

Nos dicen las Escrituras que todo comenzó en el Bautismo, cuando Juan estaba bautizando al pueblo, se acerca Jesús para ser bautizado por él. Y entonces, hay una manifestación distinta. Escuchan que una voz dice: “Éste es mi Hijo, el Elegido. ¡Escúchenlo!”
Después de un tiempo prolongado, de silencio, de vida oculta en Nazaret, hay una primera manifestación en el Bautismo de Juan. De ahí Jesús va al desierto, un largo tiempo, y cuando vuelve empieza a predicar y ya nada lo va a detener.
Su predicación, es una predicación llena de Dios. Pero es muy importante lo que Él habla de Dios. Él se refiere a Dios como Padre, más que como Padre, como Abad, como Papito. Empieza a hablar de Dios de una manera que la gente dice: “¡Habla distinto, habla con autoridad!”

Jesús habla de Dios como si lo conociera profundamente. Y dice que es un Padre lleno de misericordia, lleno de ternura. Todos recordamos esa parábola del hijo pródigo: los dos hermanos. El menor que gasta toda la fortuna y cuando vuelve el padre lo abraza, lo besa, le prepara una fiesta. Y Jesús dice: “ese es mi Padre y el Padre de ustedes”. Jesús habla del Padre con autoridad. Y entonces, lo que dice de Dios, empieza a molestar. La forma que Él tiene de hablar de Dios, lo que predica de Dios molesta para las autoridades religiosas que creían en Dios. Pero posiblemente no lo reconocían como lo conocía Jesús.
Pero, además, Jesús empieza a predicar el Reino. Entonces recordamos: “felices ustedes los pobres”; “felices los misericordiosos”; “felices los que tienen hambre y sed de justicia”; “ustedes son la sal, son la luz”.

Pero ustedes escucharon que se dijo que no había que matar. Pero yo les digo que podes matar con la palabra.
Ustedes escucharon que se dijo “ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo te digo ama, ama a tu hermano. Pero no solamente a tu hermano, a tu enemigo. Y si alguien te pega en una mejilla, preséntale la otra. Y si alguien te pide la túnica, dale el manto. Reza por los que te persiguen, no solamente por tus amigos. Porque si hace eso, ¿qué recompensa vas a tener?
Jesús habla del Padre y de un proyecto que el Padre tienen para para el mundo, para la historia. Un proyecto que Él lo llama Reino y además dice que es como una semillita chiquitita, pero que va creciendo. O es como la levadura en la masa que fermenta. O es como una perla o como un tesoro escondido: cuando uno lo encuentra queda impactado, se compromete, le cambia la vida.
El Padre, dice Jesús, tienen algo para el mundo, para que el mundo sea distinto.
Jesús tienen un mensaje fuerte, distinto. Un mensaje que no se da solo en los templos. Se da en la calle, entre la gente.
Pero, además, Jesús empieza a hacer cosas asombrosas. Por ejemplo, un paralitico que Jesús le da la posibilidad de caminar. Sordos que empiezan a oír. Ciegos que empiezan a ver. Mudos que empiezan a hablar. Leprosos que se los apartaba por miedo al contagio y se los apedreaba y se los sacaba de la ciudad. Y Jesús los sana para reintegrarlos a la comunidad.

Pero fíjense, ¿no? Los enfermos que salva Jesús. Paralíticos, ciegos, sordos, mudos, leprosos e, incluso, el hijo de una mujer viuda que llevaban a enterrar. Lo vuelve a la vida. O su amigo Lázaro.
Pareciera ser como que Jesús, en sus sanaciones, nos estuviera diciendo que el Padre, el Reino, lo que quieren hacer es poner al hombre de pie. Porque es verdad que sanaban ciegos que no veían. Pero yo veo y puedo ser ciego. Vos podés oír y ser sorda o sordo. Podemos caminar y, sin embargo, ser paralíticos. Parece como que Jesús no solamente hablaba del Reino, sino lo hacía poniendo al hombre de pie, poniendo a las mujeres de pie, sanando la vida, devolviendo el sentido de la vida.
Jesus, además, era un hombre de mucha capacidad de vincular, vincular personas diferentes. No armó una secta. Iba haciendo que personas que venían de distintas situaciones se agruparan, formaran comunidad.
Las Escrituras nos dicen que tenía otro grupo que eran muy amigos de Él, que iban a todos lados con Él: los doce. Pero también tenía otro grupo de 25 discípulos. Y también tenía otro grupo de 72 discípulos. Tenía comunidades que caminaban con Él. Y Jesús había hecho una especie de escuela de vida.

En un momento Jesús se entera que su primo, Juan el Bautista, es encarcelado. Y en la cárcel lo matan. Y ahí Jesús se da cuenta de que ese era el momento que había que ir hacia Jerusalén.

Entonces los discípulos le dicen: “en Jerusalén te van a matar”. Entonces Jesus dice: “Yo tengo que sufrir. Voy a sufrir mucho. Me van a rechazar. Me van a matar. Pero voy a resucitar”. Y los discípulos mucho no entendían qué estaba diciendo Jesús. Pero Jesús se dirige a Jerusalén.

Y nosotros en esta Semana Santa celebramos lo que significó en la vida de Jesús en Jerusalén. El domingo que lo reciben como el hijo de David: “¡Oshana! ¡Sálvanos!”
Jesús que cena con los discípulos, con los apóstoles. La traición de su amigo Judas, uno de los doce. Enseguida lo llevan preso. Las autoridades públicas que se lavan las manos. El Sanedrín que lo condena, las autoridades religiosas. El pueblo, algunos del pueblo, que dicen: “¡Crucifíquenlo! ¡Crucifíquenlo!”

Lo juzgan. Lo condenan. Lo torturan. Le ponen una corona de espinas. Le cargan una cruz. Y en las afueras de la ciudad, porque así trataban a aquellos que eran considerados malditos, es decir, abandonados de todos, también de Dios, lo crucifican.
Muere en la cruz. Y hay personas que lo ven morir en la cruz. ¡No es que se durmió! Murió en la cruz. Lo bajan de la cruz. Lo llevan a un sepulcro nuevo. Lo depositan en el sepulcro. Cierran el sepulcro. Y toda su comunidad, todos sus discípulos entran en una desazón, en una desesperanza no menor.
El Evangelio que acabamos de leer recién nos cuenta cómo dos de sus discípulos se iban desanimados. Seguramente por la muerte del amigo, pero también por todo lo que ese amigo había despertado y con Él se moría. ¡Con Él se moría la Vida Nueva que Él había traído! ¡El proyecto del Reino! ¡El Padre Dios!

Con Él se moría no solamente una persona, sino todo lo que Él significaba.
Y entonces en ese caminar lleno de angustia, desesperanza y tristeza, nos dice el evangelista Lucas, que al lado se pone a caminar Jesús y no lo reconocen. Y entonces Jesús los escucha y les dice: “¿Pero ustedes no escucharon que ya en las Escrituras se decía que el Mesías debía sufrir?”
Entonces empieza a hablar con ellos de cosas que ellos ya conocían. Y después, ellos relatan que adentro suyo empezaban como a sentir algo como un calor, como un fuego. Algo les pasaba adentro escuchando a Jesús.
Pero terminado el camino, ya tarde, lo invitan a comer a éste peregrino y entonces ahí Jesús hace este signo de partir el pan, el signo que es identidad nuestra cristiana. Lo que hacemos incluso a través de los medios. No podemos dejar de hacerlo porque esto es nuestra identidad. La cena del Señor es lo que nos identifica como discípulos suyos y ahí lo reconocen. Y Entonces se dan cuenta que Jesús está vivo. ¡Y vivo Jesús, renace la esperanza!
Pero la esperanza no es un sentimiento. La esperanza es que entonces, lo que Jesús vino a traer es posible, es realidad. Que el Padre es el Padre. Que el Padre está. Y que el Reino tiene sentido seguir luchándolo.
Entonces ellos mismos se convierten en apóstoles y salen ahí nomás a encontrarse con otros discípulos a decirles: “Lo vimos! ¡Estuvimos con Él! ¡Cenamos con Él!

Y los otros también le dicen: ¡Nosotros también lo vimos!
¿Qué celebramos hoy, queridas hermanas, queridos hermanos?
Que Jesús pasó de la muerte a la vida y que lo que Él vino a traer el al mundo arde, está vivo, no está muerto. Y que las circunstancias de la vida, la que nos tocan vivir hoy en este tiempo, en este siglo, en este momento de la historia y las distintas circunstancias que vive el mundo en estos dos mil años de historia después de Cristo, ha encontrada a las cristianas y los cristianos de todos los tiempos frente a la posibilidad de la desesperanza o de la esperanza.
En las circunstancias que nos toca vivir nuestra decisión es: ¿Nos dejamos abrumar o seguimos confiando en Jesús?”
El Papa Francisco decía: “La esperanza y la fe también son contagiosas”.
Pero para nosotros la esperanza no se hace solamente cuando las cosas andan bien.
Por eso tiene mucho sentido celebrar la Pascua en este tiempo difícil, en este tiempo de desconcierto. Tiene mucho sentido porque, ahora hacemos la fracción del pan, entonces: ¿Qué es lo que nosotros experimentamos? ¡Que está vivo! Y si Él está vivo, está vivo el proyecto de Dios. Y está vivo el proyecto que es la solidaridad, que es la fraternidad y que nos tendremos que arremangar más los pantalones, apretar más el cinto. Tendremos que tener más fuerza interior. Sacarla de donde muchas veces no la tenemos. Pero nosotros seguimos apostando al proyecto de Jesús. Él está vivo. Nosotros estamos vivos. El proyecto está vivo.
Las invito en estas Pascuas a renovar la confianza en el Señor. ¡No bajemos los brazos! ¡No bajemos los brazos! Siempre hay motivos para bajar los brazos. Pero dejemos que el Señor nos levante.

Los invito de todo corazón a celebrar que el Señor está Vivo y nosotros estamos vivos con Él.

Homilía Misa Domingo de Pascua del Señor
Monseñor Jorge Eduardo Scheinig
Obispo de Mercedes – Luján
Basílica de Luján


OFRENDA DEL PUEBLO DE DIOS
Ahora los sacerdotes ofrecemos el Pan y el Vino, que es la ofrenda del Pueblo de Dios. Estamos nosotros solos, pero esta ofrenda no es de nosotros, es de todos ustedes. Es de todo el Pueblo de Dios. El Pueblo de Dios está místicamente presente en cada Misa. Aunque esté invisible a nuestros ojos, no está invisible a los ojos de Dios.
El Pan y el Vino que ahora ofrecemos se va a convertir en Cuerpo y Sangre y vamos a reconocer al Señor y eso nos va a dar adentro el fuego que necesitamos para seguir caminando con esperanza.
Ahora, en nombre de ustedes, en nombre del Pueblo de Dios, de la Iglesia, le ofrezco al Señor el Pan y el Vino.
Le ofrezco, en este Domingo de Pascuas, a ofrecer sus vidas. Ofrezcan aquello que sienten que les da miedo, que les preocupa, aquello que angustia.
Ofrezcan también las cosas lindas. Los familiares, los hijos, la esposa, el esposo, los padres, los amigos. Ofrezcámosle al Señor la vida, con mucha confianza.


COMULGAR CON EL AMOR
Nosotros ahora hacemos la Comunión. Ustedes en casa no pueden hacer la comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor, pero si la comunión con Dios, con el Espíritu de Dios.
Es difícil. Les aseguro que nosotros entendemos mucho cuando ustedes quieren comulgar y no pueden. Realmente lo entendemos.
Pero No se priven de la comunión con el amor. Hagan un acto interior de decir: ¡” Dios está. Dios está. Yo sé que estás dentro mío”
Y aun no pudiendo comulgar sientan la comunión con el Señor. No dejen de sentir que Dios está.

LA PAZ ESTE CONTIGO
Cuando Jesús vuelve de la muerte y tiene toda la fuerza de la vida que Dios le daba, lo primero que les dice a los discípulos: “La paz esté con ustedes”.
Nosotros creemos que la paz es no tener problemas unos con otros. Pero para Él, para los judíos, la paz es Dios. Es todo. es la totalidad de Dios.
Cuando Jesús le dice a su comunidad: “¡Que tengan la paz!”; lo que le está diciendo es: “Yo sé que Dios es todo. Es el que volvió de la muerte. Es el Viviente”
Sintamos que lo que viene de Dios es todo. es Dios. Jesús nos regala a Dios.


ESPERANZA EN LA VIDA
Cuando los discípulos, que tenían mucha angustia en el corazón, se sentaron con Jesús a la mesa y cuando lo vieron partir el pan renació en ellos aquello que les daba sentido para la vida.
No se cómo estas vos en casa? Pero todos tenemos un sentimiento de temor. Dejemos que esto que hace Jesús, nos devuelva la esperanza, la alegría, el sentir de la vida.

#REZAMOSENCASA
Vamos a rezarle a la Virgen. Vamos a pedirle a María.
Dicen que vienen semanas muy importantes. Semanas difíciles. Tenemos que incrementar nuestra confianza en el Señor y nuestra oración. Sobre todo, para que el Señor nos de fuerzas y saber pasar este momento.
Vamos a pedirle a la Virgen. Recemos por todo nuestro pueblo. Por los enfermos. Por los que atienden y nos ayudan tanto a la vida en estos momentos. Por aquellos que están viviendo muy al día, aquellos que no les alcanza para vivir y están con mucha angustia. Aquellos que están con sus trabajos tecleando y aquellos que tienen mucho miedo de perderlo.
Bueno recémosle a la Virgen para que ella nos cuide y cuide a nuestro pueblo.
Vamos a rezarle a la Virgen tres Ave María.

 

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