29 Septiembre, 2014

El pueblo joven, caminante y peregrino

El pueblo joven, caminante y peregrino

Si en las páginas anteriores se hablaba de la espiritualidad en el catolicismo popular, la presente nota se centra en una de las mayores manifestaciones creyentes de nuestra Patria, la peregrinación juvenil a Luján.

Hace ya más de treinta años que en la alborada de todos los pri-
meros domingos de octubre una enorme multitud de jóvenes, después de caminar a lo largo de la noche, culminan su peregrinación llegando al Santuario de María, en su advocación de Nuestra Señoara de Luján, patrona de la Argentina.

La mayoría, acompañada también por personas mayores, ha recorrido los sesenta kilómetros de la ruta que se extiende desde el límite de la ciudad de Buenos Aires, en el cruce de las Avenidas Rivadavia y General Paz, con la población de Luján, donde la pampa despunta su inmensidad.

En esta misma época primaveral, una religiosidad acentuadamente juvenil cubre varias regiones del territorio argentino, dirigiéndose hacia los centros de expresión de la fe ligados a la tradición de sucesivas generaciones, pero brindando ahora la sonoridad de los tiempos posmodernos.

Las tres décadas de este despuntar de la experiencia religiosa de un pueblo joven, caminante y peregrino mereció la publicación del estudio Seguimos caminando, que prepararon Marcelo Mitchell, uno los primeros promotores, Graciela Dotro, socióloga que realizó el análisis socio-histórico-pastoral, y el sacerdote Carlos Galli, actual Decano de la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina que presenta su estudio con el sugestivo título referido a la peregrinación como “imagen plástica y móvil del pueblo de Dios peregrino en la Argentina”.

También en el contexto de ese aniversario, el periodista y catequista de jóvenes Daniel Saco publicó Virgen de Luján con un breve relato de la advocación, la presencia del “negrito Manuel” y el fenómeno de la peregrinación de los jóvenes. El aporte más importante lo constituye las dinámicas catequísticas para orar y peregrinar, tanto a solas como en grupos comunitarios.

El benedictino Mamerto Menapace recuerda que ese estilo de peregrinación, iniciado en el mediodía del 25 de octubre de 1975, “nació en años difíciles, donde cualquier cosa masiva era mirada con desconfianza. Fue claramente juvenil, y con un punto de partida claramente popular desde el santuario de San Cayetano de Liniers. No contó de entrada con demasiado apoyo de la jerarquía, sin que por eso fuera anárquica. Más bien diría que fue espontánea. Nadie la organizaba pero fueron muchos los que se pusieron a servirla.”

El clima de la Argentina de ese momento lo refleja Marcelo Mitchell cuando relata la Vigilia de Pentecostés de 1976 en la que participaban muchos de los servidores de la peregrinación. Allí su principal inspirador, el sacerdote Rafael Tello dijo: “la Iglesia argentina también tendrá que fundarse en la sangre de los mártires. Y cuando alguno de los que están acá tenga que dar su sangre por Cristo – y la dará – sepan que fue porque recibió el Espíritu de Dios”. “Recuerdo muy bien –continúa Mitchell– que durante la Misa, estaba sentado al lado Emilio Barletti, quien era seminarista Palotino. En ese momento nos miramos y, cuando volvíamos juntos en el Citroën de la parroquia, comentamos la vigilia, pero especialmente el impacto que nos produjeron las palabras de la homilía. Nunca me iba a imaginar que exactamente un mes más tarde, el 4 de julio de 1976, él sería asesinado en la sala de estar de la comunidad junto a los sacerdotes Alfredo Kelly, Alfredo Leaden, Pedro Duffau y el estudiante Salvador Barbeito.” Pertenecían a la comunidad de los Palotinos de San Patricio y su muerte se inscribió en una de las tantas causadas por la represión ilegal durante la dictadura militar de ese tiempo.

Millones de pasos que atraviesan la historia

Es difícil calcular el número de los peregrinos, sobre todo si se agregan los que participan acompañando a los costados del camino y los que se van agregando a lo largo de la marcha. Quizás con alguna exageración, los informes periodísticos mencionan alrededor de un millón; pero la cifra puede ser aproximada si se incluyen a todos los que se encuentran en ese momento vinculados de distintas maneras.

Diferentes estudios permiten determinar que el 70% de los encuestados, entre los 17 y 24 años, manifiesta no pertenecer a ningún grupo eclesialmente organizado y casi la mitad sólo recibió instrucción religiosa en el período de preparación a la primera comunión. Alrededor del 25% marcha junto con un grupo organizado por parroquias o colegios, pero casi el 40% lo hace con amigos, el 16% con su familia y el resto prefiere una experiencia solitaria.

Los millones de pasos atraviesan las distintas épocas de la historia del país y basta elegir algunos de los lemas anuales más elocuentes para descubrir las situaciones que se van viviendo: la juventud peregrina a Luján por la patria (1975), los hermanos sean unidos (1976), con María construyamos una patria de hermanos (1985), María ayúdanos a trabajar por la justicia (1990), Madre, hacenos más hermanos (1994), Madre, gracias por estar con nosotros, queremos cuidarnos como hermanos (2003), Virgen ayúdanos, queremos ser un solo pueblo, (2004), Madre, enséñanos a cuidar la vida (2005) y finalmente Madre, necesitamos vivir como hermanos (2006).

El lema del año 2005 –señala Saco– tuvo en cuenta lo sucedido con la tragedia de Cromañón, cuando en diciembre del 2004 noventa y cuatro personas, mayormente jóvenes, perdieron la vida por un conjunto de irresponsabilidades y corrupciones que en estos momentos son analizados por el Poder Judicial.

Por tratarse de una expresión de la fe en el ámbito popular, los sentimientos y los signos que aparecen visiblemente responden a las inquietudes que se suceden en cada generación y que actualmente se resumen en la descripción de los “jóvenes posmodernos”.

La socióloga Graciela Dotro señala que la peregrinación de este período “se caracteriza por los grupos de apoyo que, al mejor estilo marketinero, cubren todas las expectativas de los peregrinos y hacen lo posible para que –al tono con cierta cultura posmoderna– el sacrificio que implica caminar 70 kilómetros sea lo más ligh posible y esté suavizado por masajes, mimos, atenciones especializadas, alfajores, etcétera… También las nuevas tecnologías se hicieron presentes en la peregrinación y, aquello que hace años era impensable, hoy gracias a los celulares es realidad: los peregrinos se comunican con sus grupos de apoyo y así coordinan exactamente horarios y lugares de parada. ¿Es esto incorrecto? No, simplemente es un indicador más de que la peregrinación es un fenómeno temporal, en el cual el auge de la técnica para uso personal puede denotar un debilitamiento del lazo social, o bien fortalecerlo, si es bien usada”.

A esta realidad juvenil se suma el aumento del número de niños y niñas que peregrinan, ya sea junto a sus hermanos mayores en los comienzos de octubre, pero también en cualquier tiempo del año junto con sus padres, hermanos, compañeros de colegio y docentes.

Es elocuente el testimonio de un padre que participó de las peregrinaciones juveniles acompañando el año pasado a su hijo adolescente: “Por mediados de año, Fede me preguntó si él iba a Luján si lo acompañaba. Por un lado me sentí jodido sin escapatoria, y por el otro sentí esa extraña demostración de cariño y amor que tienen y tuvieron los jóvenes de no declarar lo que sienten directamente pero lo expresan de alguna forma. No remedé las caminatas de los ‘80 con otros compañeros. Caminé de Merlo a La Reja y de Rodríguez a Luján. En el intermedio, un descanso previsor. La llegada final a Luján fue como pensé. Fede y yo, solamente. Yo más entero de lo que esperaba, tengo en mi inventario solo dos ampollas y que se bancaban muy bien, Fede cansado y confundido por el esfuerzo y el dolor del cansancio físico que no le permitió disfrutar la llegada a la Basílica. Por ratos de la mano, un poco para arrastrarlo un poco para que no lo deje. A ratos casi a upa, colgado de mi hombre y no sé si hasta con lagrimitas, como las que me confunden ahora. Cumplido, por lo que fue la peregrinación, por el esfuerzo, por la alegría”.

La Iglesia, pueblo juvenil en movimiento

Las peregrinaciones son expresiones religiosas muy antiguas. En la Biblia se encuentran muchos relatos sobre la costumbre familiar judía de dirigirse tres veces al año al Templo de Jerusalén y los cantos de salmos con que se acompañaban tanto en la marcha como ante la vista de las murallas de la ciudad. La convocatoria de los musulmanes a la Meca tiene una respuesta tan numerosa que el gobierno de Arabia Saudita incluye en su gobierno un Ministerio de Peregrinaciones.

Los cristianos y cristianas en los tres primeros siglos no acostumbraban a convocarse en un lugar determinado, porque intentaban diferenciarse tanto de las prácticas religiosas del judaísmo como de las religiones del Oriente, de Grecia y de Roma.

Pero luego comenzaron a dirigirse a las tumbas de sus mártires, a Tierra Santa, dónde se levantaban las basílicas del Santo Sepulcro y del Monte Calvario, y, ya en pleno Medioevo, a los grandes Santuarios como el de Santiago de Compostela en España, Canterbury en Inglaterra, el Monte San Michel en Normandía y por supuesto, la ciudad de Roma, para honrar las memorias de san Pedro y san Pablo.

Después de un período de menor afluencia, a partir de la segunda mitad del siglo XIX se recuperan las peregrinaciones, pero ahora la meta son los Santuarios más ligados a la cultura y a la identidad de una nación.

A finales de ese siglo, los nuevos medios de transporte permiten un mejor traslado de los peregrinos y en Argentina el Ferrocarril del Oeste inaugura una estación de trenes cerca de la Basílica de Luján. Junto a las peregrinaciones espontáneas comienzan las organizadas por la ya centenaria Sociedad de Peregrinos a Pie, la de los Círculos Católicos de Obreros y las parroquias y las diócesis de todo el país y también del Paraguay y Uruguay, aunque estas dos naciones también se concentraban en sus respectivos Santuarios de Caacupé y la Virgen de los Treinta y Tres. “Pero sin duda algo nuevo comenzó con la peregrinación juvenil –escribe Carlos Galli–. Caminando con tantos chicos y chicas a Luján, desde los que están encuadrados en grupos juveniles parroquiales hasta otros que pertenecen a las nuevas bandas urbanas, se descubre la parte de verdad que hay en esta singular figura religiosa que adoptan tantos jóvenes que desean vivir el máximo de libertad con el mínimo de institucionalidad pero que, sin embargo se sienten personalmente partícipes de una gran experiencia eclesial y en una forma limitada pero verdadera, asocian simbólicamente la pertenencia y la movilidad. Una juventud peregrina es una imagen plástica y móvil –frágil y fuerte– de una Iglesia en movimiento“.

Uno de los grandes aportes del Concilio Vaticano II fue dedicar un capítulo de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia –Lumen Gentium– describiendo a la Iglesia como “pueblo de Dios”. Enraizado en figuras del Antiguo y del Nuevo Testamento, la fórmula fue ampliamente desarrollada y explicada por los escritores cristianos a lo largo de estos veinte siglos. Al Pueblo de Dios se incorporan por el bautismo todos los hombres y mujeres y por este sacramento comienzan a ejercer el “sacerdocio común”, diferente del “sacerdocio ministerial”. La Iglesia aparece así como una muchedumbre que atraviesa la historia en busca del lugar de la alegría definitiva, denominada la Ciudad Celeste o Nueva Jerusalén.

El punto de partida, la marcha y la llegada al Santuario reflejan la vida personal de cada peregrino que desde su nacimiento se incorpora a la cultura y al caminar de todo un pueblo con sus experiencias de dificultades y pecados, alegría y solidaridades, amor y gracia. “Si el peregrino popular y solitario –afirma Galli– parece ir autoconvocado a Luján o a otro santuario, en realidad acude porque ha sido convocado por la atracción amorosa de Dios, Cristo, el Espíritu, María o un santo, más allá de la acción pastoral organizada. También él, aunque ande suelto, tiene clara conciencia de pertenencia. Por eso, superando la distinción entre peregrinación individual o comunitaria, está y se siente siempre inserto en una sociedad de peregrinos“.

Por su característica juvenil y su mayor frecuencia en el tiempo de primavera, estas peregrinaciones muestran el aspecto joven de una Iglesia nacida a partir de la Pascua del Resucitado y de su llamado a la Vida nueva.

Más allá de los creyentes

Un análisis similar merecería las Jornadas Mundiales de la Juventud que desde hace 20 años son convocadas en distintas partes del mundo. En la XXª Jornada en Colonia, de agosto del 2005, Benito XVI, en las palabras que dirige a los participantes abre nuevas perspectivas que van más allá de la expresión de la fe explícita y reflejan los distintos vínculos que se relacionan entre sí según el ya citado capítulo II de la Lumen Gentium sobre el Pueblo de Dios. Allí se dice, antes de agruparlos detalladamente, que “todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que simboliza y promueve la paz universal, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea también todos los hombres en general, por la gracia de Dios llamados a la salvación” (Lumen Gentium, 13).

En su mensaje, Benito XVI reitera esa perspectiva, como si describiera una imagen plástica del Pueblo de Dios recreada en el multitudinario encuentro juvenil: “Los saludo y los recibo con inmensa alegría, querido jóvenes, tanto si ustedes vienen de cerca como de lejos, caminando por las sendas del mundo y los derroteros de sus vidas. Saludo particularmente a los que ha venido de Oriente, como los Magos. Ustedes presentan a las incontables muchedumbres de nuestros hermanos y hermanas de la humanidad que esperan, sin saberlo, que aparezca en su cielo la estrella que los conduzca a Cristo, Luz de las Gentes, para encontrar en él la respuesta que sacie la sed de sus corazones. Saludo con afecto también a los que están aquí y no han recibido el bautismo, a los que no conocen todavía a Cristo o no se reconocen en la Iglesia. Precisamente a ustedes, los invitaba de modo particular a este encuentro el papa Juan Pablo II”.

EDUARDO A. GONZáLEZ