Las Posadas al Costado del Camino

Luján, las Posadas al costado del camino

 

Hace unos pocos días acaba de acontecer la XXXIX peregrinación juvenil a Luján. Más de un millón de personas caminaron hacia Luján para llegar a la casa de nuestra Madre, la Virgen María, que quiso quedarse junto al río en una pequeña imagen de 37 cm. Sí, porque así de desproporcionado es el amor de nuestra Madre, nuestra Mamá, 37 cm que cada año convocan a millones de personas a lo largo del año.

El primer fin de semana de octubre se ha hecho costumbre que una gran parte del pueblo argentino salga a pie desde Liniers (y otros varios lugares) hasta su casa, como una manera de mostrarle el cariño que tenemos a nuestra Madre. Varias parroquias de la Capital Federal y alrededores (los últimos años he visto muchas remeras de La Plata) organizan esta peregrinación como actividad propia. Invitan a los que van a misa y a los vecinos del barrio a caminar con ellos. Preparan micros, comida, un carrito con sonido que aliente a todos, algunas personas que se encarguen de cuidar a los que van quedando atrás, y otras de frenar a los que caminan demasiado rápido… Organizan cómo ir, a qué hora sale, en qué misa se quedan, y a qué hora vuelven…

Pero la amplia mayoría de los peregrinos no organiza tanto. Se ven familias, parejas y grupos de amigos que se juntan y deciden caminar. No llevan quizás comida para el viaje, no se ponen las zapatillas más cómodas y no se preocupan por los horarios. Sienten en su corazón el llamado de María, se juntan y se largan a caminar. No faltan tampoco los que caminan solos, los que llevan a sus hijos en cochecitos, los que acompañan a algún ser querido que va en silla de ruedas… No falta nadie, porque María es la Madre de todos.

Para todos aquellos que caminan sin tanta organización, los que se dedican a organizar un poco todo este aluvión de personas y de gracia, buscan personas que estén al lado del camino, en lo que llamamos “Puestos de apoyo” y “Puestos sanitarios”. Son 60 puestos en total, que se dividen entre los que ayudan con un poco de comida, agua, caldo, mate cocido; y los que se ocupan en curar ampollas, hacer masajes a los pies cansados y atender a alguno que le bajó la presión o se lastimó con algo.

Desde hace algunos años tengo la gracia de participar de uno de estos puestos. Un puesto muy especial, porque se ofrecen Confesiones, Bendiciones, una imagen gigante de nuestra Madre junto al Negro Manuel y una Cruz… Un puesto de apoyo espiritual, que se lleva adelante gracias al Seminario de Buenos Aires y por un pedido de nuestro obispo. Encima, ¡este año hubo bautismos! Pero hoy no quiero hablar de este puesto… quiero poner mi atención y mi oración sobre todos los puestos sanitarios que hay al costado del camino, sobre todos aquellos que dedican su tiempo a atender a los peregrinos que están heridos.

Leemos en el evangelio según san Lucas:

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió:

“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio, y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. ¿Cuál de los tres se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?” “El que tuvo compasión de él”, le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: “Ve, y procede tú de la misma manera”.

(Lc 10, 29-37)

Cuántas veces hemos escuchado y enseñado este trozo del evangelio, es una lectura casi obligada para presentar la caridad cristiana. La mayoría de las veces, se nos invita a identificarnos con el “buen samaritano”, aquel hombre que supo bajar de burro, curar al herido, cargarlo sobre su montura y llevarlo al albergue, simplemente porque pudo conmoverse. Algunas pocas veces, Dios nos ha mostrado que nosotros somos el hombre herido al costado del camino, heridos por la vida y por el pecado, que somos tomados por Jesús, que nos carga sobre sus hombros (como el Buen Pastor), que nos cura y que nos invita a que hagamos nosotros lo mismo. Qué decir del sacerdote y el levita que pasan de largo, cuántas veces hacemos nosotros lo mismo, o usamos mal la parábola para recriminarle a un hermano nuestro; pero nunca – o casi nunca – prestamos atención al posadero, al dueño del albergue.

No sabemos su nombre y no dice ninguna palabra, pero debe haber cumplido con lo que se le pidió, ¿no? Un samaritano llega con un judío herido (situación extraña si las había en la época de Jesús), y después de cuidarlo durante la noche, le deja el cuidado al posadero. Deja también unas monedas y promete volver y saldar la deuda, porque supone que se van a necesitar más que 2 denarios para cuidar a este hombre que encontró casi muerto al costado del camino.

Los puestos sanitarios en la peregrinación a Luján son las posadas de hoy, que aguardan al costado del camino para cuidar a cada herido que Jesús nos traiga. Y Jesús no se hace esperar, apenas comenzado el sábado, empieza a traer, casi en cuenta gotas, a muchos peregrinos que se han lastimado en el camino. Muchos de esos que salieron casi sin pensarlo, porque María los invitó a caminar. Y los que atienden los puestos reciben al primero con mucho entusiasmo, sabiendo que para eso vinieron, y algo de nerviosismo (especialmente si es la primera vez que están ahí), porque el otro es un extraño y no sabemos bien cómo atenderlo. Pero le damos para adelante, porque lo trajo Jesús, que venía caminando con Él, Jesús que lo quiere acompañar hasta la casa de su Madre, de nuestra Madre, esa que nos regaló cuando estaba en la Cruz.

A medida que pasan las horas, va llegando más y más gente. Y ya no son extraños, porque somos hermanos, porque los sigue trayendo Jesús, y porque somos hijos de María. Cuando empieza a caer la noche, el cansancio también llega, y es cuando más peregrinos llegan a los puestos, esos que salieron a la mañana y ya están doloridos, con hambre, y muchas ampollas. Quizás, en el momento de mayor cansancio, nos preguntamos cómo hacemos para atender a todas estas personas con los 2 denarios que nos dejó aquél que los sigue trayendo; pero gracias a Dios, ese momento no puede durar, porque siguen cayendo más y más hermanos con sus pies lastimados y cansados. Entonces, le damos para adelante, que Jesús nos dijo que volvería a pagarnos lo que gastemos de más.

¡Qué lindo y qué gracia es ser posadero de Jesús! Es Él quien camina con su pueblo, Él quien se acerca al hermano dolorido y cura sus heridas, Él quien se hace prójimo, pero nos permite participar de todo esto desde un lugar privilegiado. Podemos ver cómo Jesús va curando heridas mucho más profundas, cómo nos da la fuerza para seguir curando heridas más superficiales, cómo se compadece de todos y nos permite ayudarlo.

Quien no conozca a Jesús, no podrá comprender la alegría de todos los que sirven en estos puestos. Su tarea no es grata, atender a extraños, sacarle las zapatillas y las medias después de muchos kilómetros de caminar, limpiarle los pies sucios, pinchar ampollas, hacer masajes… y, sin embargo, el corazón se llena de imágenes y de los sentimientos y deseos de los que caminan.

Muchos, al cerrar el puesto, emprenden también el camino por la ruta 7 hacia la casa de María, hacia la casa de todos. Otros, no pueden, porque tienen que desarmar todo y volver a sus casas. Pero todos peregrinamos, porque en el corazón de cada uno de los que atendimos en el costado del camino, viajamos los que lo ayudamos a llegar. Porque Jesús sigue caminando con su pueblo y también nos lleva en su corazón.

Y allá en Luján, ¡está la dueña de todas las posadas! María es la que mejor sabe curar a sus hijos, cuidar de ellos, atender sus heridas y vivir al lado de cada una de sus cruces. María es la Madre. Que ella nos siga animando en nuestra tarea y que cada vez más hijos puedan pasar algunas horas al costado del camino como posaderos que cuidan a los que Jesús nos va dejando.

 

Un peregrino