29 septiembre, 2014

Reflexiones

LA PEREGRINACION A LUJAN

(Algunas reflexiones)

 

INTRODUCCION:

Después de haber realizado la XXII Peregrinación Juvenil a pie, a Luján, me parecía que, ante semejante hecho, valía la pena ensayar una lectura pastoral de lo vivido, una reflexión más o menos detenida de lo que, una vez más habíamos experimentado, con la intención de ver qué nos dice la Peregrinación a la Iglesia de Buenos Aires Arquidiócesis y región eclesiástica- a los pastores y a todos los agentes de pastoral. Yo creo que, la Peregrinación es una gran voz de Dios y del pueblo suyo que, caminando nos quiere mostrar un camino a recorrer. Me parece que, por lo menos los pastores, no nos podemos quedar simplemente en lo anecdótico de la caminata, de los números de gente, de los puestos sanitarios o de cualquier otra cosa, sin ir más allá, para descubrir- la sustancia de este gesto evangelizador y entrever, por así decir, qué líneas pastorales nos propone para el trabajo que cotidianamente realizamos. ¿No es suficientemente poderosa la luz que hecha la Peregrinación como para iluminar nuestro quehacer pastoral de cada día? ¿Se la puede reducir sin más, a un especie de “epifenómeno religioso” que sucede una vez al año y que culmina simplemente con el regreso cansado a nuestras parroquias? ¿Con qué ojos miramos a la multitud de jóvenes y no tan jóvenes- que durante quince o diez y ocho horas caminan hasta llegar al Santuario más importante de la Virgen en nuestro país? ¿Nosotros nos vamos a sumar a la lectura simplista y meramente sociológica que hacen los medios de comunicación sin descubrir algo mucho más profundo?

Yo creo, sinceramente que, sería una grave irresponsabilidad de nuestra parte terminar la peregrinación y seguir con lo de todos

los días como si nada grande hubiera pasado, como si la peregrinación fuera una “cosa mas” que hay que hacer durante el año, como si, en definitiva, no hubiéramos escuchado a Dios mismo que, nos habla a través de este gesto de fe que su pueblo realiza.

 

 

LOS NUMEROS:UN SIMBOLO

 

Cada año sucede que, los M.C.S. le preguntan a los organizadores cuánta gente calculan que ha participado, ellos le dicen que le pregunten a la policía, ésta, a su vez, dice que no sabe, que le consulten con los que han organizado y así, tanto unos como otros no pueden precisar con exactitud una respuesta.

Quizás esto sea lo mas realista, la imposibilidad de calcular a ciencia cierta cuánta gente ha caminado, y, tal vez, tampoco sea lo más importante porque, en definitiva, en semejante multitud ¿qué diferencia hay entre que participen 500 mil u 800 mil personas, por ejemplo? ¿O entre 1 millón y 1 millón 300 mil? Evidentemente que, 300 mil personas cuantitativamente consideradas es un número importante pero ¿influye tanto en la significación del hecho? Esa diferencia de números ¿hace que cambie mucho nuestra interpretación de lo que significa la peregrinación? A mi modesto entender, la discrepancia sobre las cifras, o mas bien, la incapacidad para determinarla no hace variar el sentido de signo que tamaña columna de personas tiene para quien, con un corazón sencillo la observa pasar. Tanta gente junta caminando impresiona, impacta, aunque no sepamos bien cuántos son. Y mucho más impresiona cuando uno se pone a pensar si hay algún otro evento que convoque, hoy en día, a tanta gente en nuestro país. Y después de pensar un rato, nos damos cuenta que no. No parece haber otro hecho que reúna a tantas personas en esta

 

 

época en nuestra patria, ni el fútbol, ni la música, ni, mucho menos, la política lo hacen. Pues bien, es como para reflexionar seriamente, porque, al fin y al cabo, el hecho que los congrega sean 100 mil, 200 mil o 1 millón- a simple vista, representa un gran sacrificio, arduo y costoso que no pareciera ofrecer ninguna gratificación y que, de por si, tiene un carácter eminentemente religioso, más allá de las motivaciones que a cada uno lo hacen caminar. Insisto, es como para pensar mucho y no para evaluarlo, tampoco, de un modo triunfalista… ¡Cuanta gente llevamos! (¿Llevamos? ¿Quién?), lo cual sería un grave error.

 

La peregrinación es una gran señal de Dios, un signo eficaz a través del cual El le transmite la fuerza, la gracia, el Espíritu a su propio pueblo. Es un verdadero “sacramental” por el cual Dios comunica, en cierto modo, su misma vida a sus hijos. Para muchos peregrinos, la peregrinación se constituye en un especie de “precepto anual” que debe cumplir con Dios y la Virgen en Luján. De hecho, muchos manifiestan confesarse, por ejemplo, cada año al comenzar o finalizar la peregrinación, entreviendo, lúcidamente, de este modo, el carácter penitencial que ésta tiene.

 

 

 

¿QUIEN CONVOCA?

No es difícil suponer que el que convoca es Dios, su Espíritu, que suavemente mueve los corazones y lo impulsa a caminar. En este mismo movimiento está el cariño y la devoción que nuestro pueblo tiene a la Virgen de Luján. Sin amor no se puede entender la peregrinación, pero tampoco sin fe, la fe de nuestra gente que, la hace misteriosamente autoconvocarse para cada primer fin de semana de octubre. Dios, la Virgen, la fe del pueblo, son los tres pilares

 

sobre los que se apoya la convocatoria a la caminata. No creo que haya otro elementos más importantes que éstos. La situación socioeconómica puede influir un poco, pero nunca tanto como para justificar tamaña expresión de fe. La difusión que la Iglesia intenta darle nunca está en proporción gracias a Dios- a la respuesta de la gente; por fortuna, ésta siempre la supera ampliamente.

Qué bueno es tener en claro quién es el que convoca y quiénes son los protagonistas, para ponerse al servicio de ese encuentro entre Dios y su pueblo y no obstaculizarlo ni tampoco adueñarse de él.

Será importante para esto, desde una mirada de fe, contemplar cuidadosamente este gesto, para solamente poner aquellos elementos que conduzcan a realizar ese encuentro.

Uno podría preguntarse ¿para qué Dios convoca a su pueblo en cada peregrinación? Justamente para eso, para encontrarse con el, para ofrecerle un espacio de oración, un tiempo para rezar, para que, caminando y rezando alimente su fe, mantenga viva la esperanza y haga arder un poco más el fuego del amor.

Sabemos como nuestro Dios gusta de llevarse a su pueblo al desierto, a los caminos para hablarle al corazón (Os.1,16). Eso sucede en cada peregrinación; de esto todos podemos dar fe. ¿Cuántos noviazgos comenzaron en el camino a Luján? ¿Cuántas vocaciones se decidieron en ese largo trayecto? ¿De cuántas conversiones u opciones profundas de vida nos puede hablar la ruta 7? Para muchos ha sido un momento de siembra, para otros de riego, para algunos de cosecha de la semilla de la fe.

El modo de convocar de Dios nos debe hacer pensar inevitablemente en “nuestras” convocatorias, para ver si son o no al estilo de Dios. Cuántas veces nos desgastamos y esforzamos con muy buena voluntad para juntar a la gente y no pasa nada. ¿Lo hacemos como el Señor lo hace? ¿Para qué cosas invitamos? Si uno observa detenidamente, descubrirá que, lo que sucede en la peregrinación se reproduce, en cierta medida frente a otros acontecimientos.

Pensemos que pasa en nuestras parroquias en cada Semana Santa, Navidad o algunas fiestas patronales, o mucho más, lo que se vive en los Santuarios cada día y especialmente los 7, 26 y 27 de cada mes en San Cayetano, Jesús Misericordioso y San Pantaleón respectivamente. Y nuestros cementerios -Chacarita y Flores- ¿no son acaso como los Santuarios, lugares privilegiados de oración todos los días y especialmente el 2 de noviembre cada año? En todos estos espacio de encuentro y en otros, parece ser que lo que la gente quiere es rezar; viene a orar, a pedir por sus enfermos o el trabajo por sus difuntos y su familia y también a agradecer. Pero la gente quiere rezar. Quiere hablarle a Dios, descansar sus penas y angustias entre las manos del Señor. Aún en la Peregrinación, el pueblo haya descanso caminando, porque la peregrinación es oración. Desea volver a mirar su vida con los ojos de Dios, tener una visión de fe sobre su historia y su destino y reconocerse, en definitiva, a si mismo, como Pueblo de Dios, propiedad exclusiva del Señor y de su Madre.

El Pueblo de Dios se autoconvoca -entre otras cosas- para rezar y expresar su fe, la Iglesia ¿no falta a menudo a esa cita? ¿Cómo acompañamos y damos cauce a esa oración y manifestación verdaderamente religiosa de la gente? ¿La valoramos de corazón o simplemente nos sumamos pensando, íntimamente, que, el trabajo pastoral “en serio” va por otro lado? Seria desproporcionado brindarle tanto esfuerzo a lo que apreciamos tan poco. Quizás debiéramos ser los pastores y los jóvenes dirigentes los primeros que necesitemos redescubrir el profundo caudal evangelizador de la peregrinación a Luján, caer en la cuenta del tesoro de fe que Dios nos ha regalado en ésta, que es, la mayor manifestación religiosa que vivimos cada año.

La peregrinación sintetiza en si misma, muchos aspectos de la tan mentada piedad popular. El carácter penitencial está presente, en el sacrificio que significa tantos kilómetros recorridos a pie y en la intención que en el corazón muchos peregrinos guardan al disponerse a caminar; sabemos que muchos caminan pidiendo perdón de sus pecados. El tono festivo no está ausente, a través del canto, de la música, de la palabra, del mismo silencio; en la peregrinación hay tiempo para celebrar el encuentro con el hermano, para compartir tal vez, cosas más profundas que vamos llevando. En todo el trayecto pero quizás, con mayor intensidad en la noche, se crea el ámbito propicio como para “caminar hacia adentro”; la reflexión y meditación de la propia vida e historia: la noche es el lugar donde el Señor le habla a cada uno y donde nos encontramos con nosotros mismos.

Finalmente, al llegar- a Luján la gente quiere los sacramentos. Se confiesa y se descarga, aliviana el peso que venía trayendo, se renueva, toma fuerzas y fundamentalmente, participa de la Misa. La Eucaristía en Luján pareciera ser más que nunca, el pan del peregrino, el descanso del camino, la mesa que Dios mismo nos sirve para que serenemos el alma, es el “Emaús” donde reconocemos a Jesús al partir el pan y a través de los ojos de la Virgen. En donde se entrecruzan nuestra mirada con la de la Virgen, allí culmina este encuentro. Algunas palabras, algunas lágrimas y ‘Los ojos compasivos de María suavizando nuestras penas, acariciando nuestros dolores y arrimándole a su Hijo, tantas necesidades y deseos ocultos en los corazones.

El objeto religioso que la gente se lleva bendecido de Luján es el modo que tienen de participar en la peregrinación aquellos que no han podido venir, especialmente los enfermos y que, quizás, han sido también, el objeto del caminar. Por otro lado, también es -el recuerdo- en cierta medida, la manera de seguir teniendo presente cada día la “gracia” de la peregrinación, una forma de hacer memoria de ella para conservarla viva-

 

 

ALGUNAS “LINEAS PASTORALES”

 

Señalemos ahora, algunos elementos que nos acerca la experiencia de la peregrinación y que pueden servirnos, tal vez, como caminos para evaluar mejor nuestra labor de cada día.

Por ejemplo, en la peregrinación, se pone claramente de manifiesto, el deseo profundo de nuestro pueblo por rezar, por tener espacios para la oración, para la súplica, la intercesión, la acción de gracias y, sin embargo, muchos templos de nuestra ciudad permanecen gran parte del día con sus puertas cerradas … o, tal vez, los espacios que generamos responden mas a nuestros modos de rezar y no tanto a los de la gente; quizás son más grupos “ilustrados” de “laboratorio” y no ámbitos donde se puede abrir sencillamente el coraz6n a Dios.

Uno en Luján, pero también entre la gente de nuestras parroquias puede observar el deseo sincero de nutrir su vida de fe con los sacramentos, pero muchas veces ese deseo choca con nuestras rígidas estructuras catequéticas incapaces de ver con una mirada sobrenatural cómo Dios va preparando y disponiendo los corazones de sus hijos a través del tiempo -por cierto, muchas veces, más extenso que nuestros cursos de catequesis- y de un modo más integral y abarcativo –por personas y circunstancias vividas- para recibir la gracia que el Padre les quiere regalar. No pensemos, por tanto, que únicamente habilitan para recibir los sacramentos, nuestras catequesis o charlas previas. Dios, seguramente, viene “trabajando” mucho antes que nosotros el corazón de las personas acrecentando lentamente en ellas el deseo de recibirlo. La catequesis, obviamente, hay que hacerla; es un derecho y una necesidad pero también, un instrumento al servicio de la disposición del corazón. Al fin y al cabo, como dice San Agustín “… por la oración se acrecienta nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que Dios nos prepara.”

* Es curioso observar como, en general, los jóvenes y la gente de las parroquias al llegar a Luján se dirigen directamente a los micros de apoyo para dormir, mientras que la mayoría de las personas pugna por entrar a la Basílica para participar de la Misa. Nuestro pueblo, aunque a veces nos parezca lo contrario, quiere la Eucaristía y, a tal punto la quiere, que es capaz de tolerar ciertas celebraciones ininteligibles, poco festivas, y menos participativas. Desea, la gente terminar la peregrinación con la Misa como celebración y culmen de su encuentro con Dios y con la Virgen y también, como una señal distintiva, propia de su identidad católica.

* Se relaciona con esto, nuestra cierta “dureza” y poca plasticidad como para comunicarnos a través de un lenguaje gestual y simbólico más rico que dé paso a liturgias más vivas y menos conceptuales, más cálidas y no tan racionales. Esto nos cuesta bastante. Evidentemente, gracias a Dios, existen entre nosotros honrosas excepciones.

Seguramente debe haber otros elementos pastorales que se desprendan de la peregrinación, o, tal vez, no se esté de acuerdo con los aquí mencionados. La intención, no obstante, es que se planteen, que susciten la discusión, el cambió de opiniones que, creo, nos puede hacer mucho bien y ampliar nuestros horizontes.

 

A MODO DE CONCLUSION

La Peregrinación a Luján cumplió ya 21 años, “la mayoría de edad”, sin embargo, algunos la siguen tratando como si fuera una “niña”, que no tiene mucho que aportarnos a nosotros, los “adultos”. Desde el año 75 ha corrido mucho agua bajo este puente, incluso sangre, por eso creo que, también en homenaje a aquellos que la soñaron y le dieron vida y a los que, aún hoy se la siguen dando, debiéramos hacer el esfuerzo de beber de ella aquellos rasgos y notas esenciales que pueden enriquecer mucho y orientar mejor nuestra pastoral cotidiana para que, llegado el caso, poder hacer opciones más lúcidas y realistas, o, por lo menos, priorizar nuestras acciones desde criterios más acordes al ser religioso de nuestro pueblo, sin desconocer, claro está, las distintas y complejas realidades de Buenos Aires.

Las acciones pastorales que desbordan y trascienden a la misma Iglesia son, tal vez, las realmente eficaces. No las que se hacen al margen de ella, sino las que van más allá de ella misma. Cuando uno se ve sorprendido y superado, y, a la vez, nota la desproporción entre los medios puestos y los resultados obtenidos, puede ver más claramente la acción de Dios, el derroche de su gracia que, en general, obra “superando todo lo que podemos pensar” (Filp. 4, 7) . La Peregrinación Juvenil a Luján es una nítida expresión de todo esto. Y estas hojitas, apenas, una excusa para pensar y pedirle a Dios y a su Madre que nos siga mostrando los caminos por donde quiere hacerse presente en la vida de su pueblo.

 

P.Marcelo Gallino