29 Septiembre, 2014

Novena a la Virgen De Luján

NOVENA A LA VIRGEN DE LUJÁN

Introducción:

 

• La novena se comienza rezando, cada día, la oración a la Virgencita de Luján.
• Después, cada día tiene un relato.
• Al terminar la lectura del relato los que quieran encienden una vela
• Se termina con el rezo del rosario.

Oración a la Virgen de Luján
(Para comenzar el rezo de la novena todos los días)

Virgencita de Luján
Sabemos que tu amor
Por nosotros es muy grande
Por eso venimos a rezarte
Queremos que tu mirada
Nos cure las heridas
Bajo tu manto se refugian
Los más pobres
Allí nos sentimos seguros
Madre de Luján
Toda nuestra vida está en tus manos
Cuídanos siempre con tu dulce bendición

Amén

Primer día
• Rezo de la oración a la Virgen de Luján para todos los días
Soy de la Virgen, no más
En los días en los que la Virgencita quiso venir a quedarse en nuestra tierra era muy difícil ser pobre… como siempre…
Es que además de las penas y dolores que todos los pobres cargan, en esos días, algunos se hacían los dueños de la vida de los pobres… Como ahora…
Manuel era un hombre muy pobre. Tenía su piel bien negra y estaba orgulloso de su gente, pero para algunos ese color lo hacía inferior y por eso se sentían dueños de hacer con la vida de Manuel lo que quisieran.
Un día, hace mucho tiempo, lo habían robado de su tierra y encadenado. Lo habían llevado como a un perro… Si le daban de comer era para que siguiera vivo y así poder usarlo.
A Manuel lo habían hecho esclavo… Su corazón se había acostumbrado a callar el dolor.
Pero el corazón de Manuel era tan grande que además del dolor también guardaba sueños y mucho cariño.
Era un negro esclavo y por eso a casi nadie le importaba lo que le pasaba.
Fue él quien descubrió que en la carreta viajaba la Virgen y que Ella se quería quedar allí, en Luján.
Mucho caso no le hicieron… ¿Qué podía saber él?
Un negro esclavo… Una nada
Pero, quizás porque Manuel sabía insistir, lo dejaron con la Virgen.
Al fin de cuentas no era más que un pobre hombre… un esclavo…
Manuel, como tantas veces se quedó callado y se puso a hacer lo que mejor sabía: Atender y cuidar.
Con el pasar de los días, fue sintiendo que Ella, la Purísima, le entendía el corazón y en ese corazón grande del negro Manuel fue creciendo fuerte el sentimiento de poder ser libre aunque fuera un esclavo.
Era muy pobre, no tenía nada, pero se las arregló para atender a la Virgen y a los que venían a verla.
Manuel, de tanto atender y cuidar, fue aprendiendo que la Virgencita era remedio y consuelo para los pobres. Y su corazón se fue enamorando de esta Madrecita que con paciencia y ternura escuchaba, miraba y atendía…
Fue así que pronto tuvo muchos amigos entre los que hasta allí llegaban.
Algunos años después se lo quisieron llevar, pero él se resistió diciendo que ya no tenía patrón.
Se le rieron y un poco se enojaron cuando él, sin miedo les dijo: Yo soy de la Virgen, no más…
Sus amigos, los que lo habían visto cuidar y atender a la Virgen, lo defendieron y para que los “patrones” entendieran, juntaron plata y se la dieron.
De esa manera Manuel y sus pobres amigos también entendieron que la Virgen era la única que era capaz de ser dueña del corazón… Sin ser “patrona”…
Así supo que él era libre de verdad, aunque estaba para siempre atado a “su Señora”… Pero no con cadenas sino desde el corazón.
El amor de la Virgen, el corazón grande de Manuel y el cariño de sus amigos, fueron así los primeros “materiales” de la casa que la Purísima quería tener entre nosotros… No de ladrillos o adobes sino levantada con los sueños y esperanzas que todos los pobres llevan en el corazón…

• Encedemos las velas
• Rezamos el rosario

Segundo día

• Rezo de la oración a la Virgen de Luján para todos los días
Virgencita, pastora de mis ovejas.
Para Doña Clementina la vida nunca había sido fácil…
Había criado a sus 11 hijos con mucho esfuerzo y tanto trabajo le habían cansado los huesos.
Vivía entre cerros lejos de los pueblitos rodeada sólo de sus animalitos y recuerdos.
Con el tiempo fue aprendiendo a caminar más despacio porque sus piernas se cansaban y sus ojos ya no le mostraban muy bien el camino.
Pero nunca supo de estarse quieta: “Pastear” sus cabras y ovejas, ir a la leña, acarrear el agua eran de esos trabajos cotidianos que no se podía dar el lujo de abandonar.
Por otra parte, a Clementina, siempre le gustaron las fiestas y nunca se perdía ninguna.
Ese día había salido bien tempranito “cargando” su Virgencita para llevarla a “oír misa” al pueblo.
Era el día de la “Purísima” y allá los vecinos se reunían para “hacerle fiesta a la Madrecita”.
Y fue bonita esa fiesta. Todos llevaron algo y se armó el milagro de la comida que entre los pobres siempre se la hace alcanzar para todos…
Ahora, Doña Clementina, volvía mascando su “coquita” y reviviendo la fiesta; pero iba cansada… y se estaba entrando el sol…
Clementina tenía que llegar a su ranchito antes del anochecer.
Al bajar la última cuesta, los ojos cansados y sabios de la pastora, descubrieron que su majadita se había salido del corral. Y allí estaban sus animalitos como puntitos desparramados contra la ladera del cerro.
El corazón de la pastora se sintió tan solo.
Si nadie rodeaba sus animales y pasaban la noche fuera del corral seguramente el zorro o el león los mataría y ella no podría defenderlos.
También sabía que ella “solita” no iba a tener fuerzas para rodearlos…
Nunca había sido “floja” pero ese día el dolor y la impotencia le humedecieron los ojos…
Pensó en sus hijos ¡Tan lejos que estaban!
¡No sabía que la soledad doliera tanto!
Llegó hasta la puerta de su ranchito con las rodillas que le dolían tanto como su impotencia. Entonces comenzó a sentir una fuerza nueva adentro de alma.
Casi sin pensar abrió la vieja casita de madera en la que llevaba a la Virgen.
La miró como queriendo quejarse pero sin decir palabra se fue hasta el corral.
Colocó a la Virgen en la puerta del corral y le dijo:
“Mamacita, usted seguro que ha sido pastora como yo por eso me va ha saber ayudar.
Yo la dejo aquí para que me llame a mis animalitos. Ellos le va a obedecer”
Y como quién ya se sabe atendida, Clementina empezó a llamar a su rebaño.
Sus animales, como si alguien los estuviera arreando se fueron acercando y entrando al corral.
Antes que se apagara del todo la luz del Sol todos estaban a salvo.
Clementina, ahora con sus ojos cansados llenos de emoción, alzó la virgencita y la llevó a su pieza.
Allí la alumbró con su velita y como quien desahoga el alma le dijo:
“Yo sabía que Usted, Madrecita, era buena….
Ahora sé que siempre nos cuida como el pastor a sus animalitos…
Los pobres podemos contar siempre con Usted”
.
• Encedemos las velas
• Rezamos el rosario

Tercer día
• Rezo de la oración a la Virgen de Luján para todos los días
Madrecita de los despreciados.

Es fácil que la enfermedad golpee a la puerta de la casa de los pobres…
Pero desde hace un tiempo los hijos de los pobres parecen enfermarse mucho con ese veneno de la droga que tan fácil les llega a las manos.
El Zurdito era hijo de una de las tantas familias a la que la pobreza había echado de su tierra para buscar en la ciudad un futuro mejor.
Sus padres lo criaron junto a sus hermanos y hermanas, con esfuerzo y silencios ya que el dolor de la pobreza no se dice con palabras.
Ya no se acuerda como fue que se “enganchó” con la droga… Muchos de sus amigos del barrio también estaban en la misma….
Ellos también se callaban… ¿Qué iban a decir?
Poco a poco la enfermedad creció y se volvió violencia.
No se aguantaba el dolor de verse tan necesitado de drogarse y… buscaba escaparse… y se volvía a drogar…
Ya se había acostumbrado a ser un “despreciado” por vivir pobre en su barrio de pobres, con su familia pobre…
Ahora era un “drogadicto”, un vago… también fue ladrón….
Estaba muy mal. Ya no podía ocultarlo…
Su madre quería rescatarlo pero él siempre “le fallaba”…
Vivía tan pocas horas por día… el resto de sus días estaba tan drogado que sentía que no era él quién vivía…
Un día no pudo levantarse. No tenía fuerzas.
Su madre, con esa paciencia que sólo tienen las que son capaces de dar vida, lo llevó al hospital tan lleno de pobres que tardaron casi todo el día para que lo viera un médico.
Lo trataron mal, como casi siempre se trata a los hijos pobres en esos lugares…
Unas semanas después le dijeron que tenía SIDA y le dieron un “sermón” sobre cómo debía cuidarse…
El Zurdito se sintió una basura y se escapó con la droga…
Para su familia fueron tiempos muy duros, ya ni siquiera había trabajo y el Zurdito dejó de estar en su casa.
Comenzó a dormir en la calle. Ya casi no comía…
Su madre lo buscaba y cuando podía lo llevaba a casa para cambiarle la ropa, para lavarlo, para tratar de hacerle sentir el cariño que ahora el Zurdo parecía despreciar.
Un día, llorando, su madre le puso al cuello una medallita de la Virgen.
No estaba muy segura que su hijo la escuchara pero casi llorando le dijo:
“Ella te va a saber decir que aunque todos te desprecien, Ella no…”
Pocos días después tuvieron que internarlo. Como a tantos otros el SIDA lo fue matando.
Un día antes de partir, le dijo a un amigo:
“A la noche tengo miedo… entonces aprieto fuerte la medalla para acordarme que Ella no me desprecia”
Así se fue… Apretando la Virgen entre sus manos…
Seguramente para que Ella pudiera abrazarlo fuerte en sus brazos…
• Encedemos las velas
• Rezamos el rosario

Cuarto día
• Rezo de la oración a la Virgen de Luján para todos los días
El pueblo de la Virgen.

Los viajes nunca son muy cómodos cuando el que viaja es un pobre…
Lo mismo le pasó a la Virgen cuando salió en busca de un pueblo donde sus hijos vivían muy solos… muy lejos…
Para llegar a la tierra de sus hijos se dejó cargar en un pequeño cajón que después fue subido a una incomoda y muy cargada carreta.
Ese cajoncito donde viajaba la Virgen era igualito que otros paquetes y seguramente fue tratado igual…
Nadie sabía que la Virgen quería llegar hasta esas tierras con el deseo de quedarse junto a sus hijos.
Pero esa mañana las cosas no salían muy bien.
Seguramente hacía frío y daban ganas de ganarle al sol para que éste encontrara a los viajeros en el camino.
Pero no fue así. Una de las carretas se quedó plantada en el lugar donde había pasado la noche y era imposible hacerla avanzar.
Sin saber muy bien lo que pasaba, los encargados descargaron la carreta con la esperanza de recomenzar el viaje de una buena vez, pero al volver a cargarla se renovaba el misterio de la carreta plantada….
Fue el corazón de un esclavo: El negro Manuel, el que intuyó el Misterio que había encerrado en ese cajoncito.
Ante la mirada asombrada de los allí reunidos, abrieron aquel cajón y entendieron que esa Virgencita había llegado al lugar donde quería quedarse.
Aquellos hombres supieron así que no hay nada que pueda detener al corazón de una Madre que anda buscando quedarse con sus hijos.
Algún desprevenido podría creer que fueron puras coincidencias pero para aquellos hombres no fue así.
Manuel, el esclavo, supo ver que con ese gesto sencillo que siempre tiene las cosas grandes, la Virgen había elegido el lugar donde reunir a sus hijos más pobres.
Ese día, casi por casualidad, los ojos atentos de Manuel supieron ver el Milagro de un amor muy grande de la Madrecita de Luján por los hijos de estas tierras.
Es que no hay nada de casualidad en el amor de una Madre por sus hijos…
• Encedemos las velas
• Rezamos el rosario

Quinto día
• Rezo de la oración a la Virgen de Luján para todos los días
Mamita del manto grande – El incendio que nos trajo a la Virgen
Como todos los días, esa mañana Martina salió temprano a trabajar dejando a sus hijos en la humilde casilla de un barrio pobre de la ciudad.
Hacía mucho frío y llovía despacito.
Cuando empezó a clarear todo se volvió confuso.
Primero fue el griterío de los vecinos, después el humo y de repente el fuego que se comía todo.
Gracias al coraje y la generosidad de los vecinos todos pudieron salir de sus pequeñas casitas.
Sin embargo a los pocos minutos todo se había quemado y más de ochenta familias estaban en la calle con sólo la ropa que tenían puestas.
Martina volvió al barrio corriendo desesperada y a los gritos. Sentía que el corazón se le escapaba de pecho y ya no veía de tanto llorar.
Se encontró con sus hijos que también lloraban por el susto, el miedo y el desamparo.
Todos sus vecinos estaban pintados por el negro del humo y con los ojos rojos como los de ella por el llanto contenido.
Nada había quedado de lo que con tanto esfuerzo consiguieron… y para peor llovía…
Seguramente que después habría tiempo para aguantar la amargura… Ahora había que tratar de encontrar la forma de afrontar el futuro.
Las mujeres por su lado y los hombres por el suyo se fueron juntando sin poder sacar los ojos de la tierra negra y humeante…
Alguien trajo un plástico grande para que se taparan los chicos… Después otro trajo una lona y casi sin querer se armó una gran carpa.
Más tarde apareció una olla y unas papas y así nacieron las ganas de cocinarle juntos a los chicos y maridos.
En realidad no se dieron cuenta pero para la tarde se estaba amasando el pan de la ayuda que tan rico sabe entre los pobres.
Cada uno arrimó lo que pudo.
La noche fue muy larga y fría…
Cuando volvió a amanecer alguien trajo hasta el lugar una pequeña Virgencita.
Ella venía mezclada con las papas, las cebollas y los fideos, los abrigos y los recipientes con agua.
Llegó calladita, con sus manos juntas y esa expresión de madre que quiere estar donde está el dolor de sus hijos.
Martina la vio llegar en manos de algún vecino y se fue a mirar en sus ojos
Del corazón dolido de Martina le salieron estas palabras que las dijo casi como oración:
“Si la Virgen vino, vamos a hacerle un lugar…
Ella tiene el manto grande… Con él nos va a cubrir.
Los primeros ladrillos que consigamos se los damos a Ella y le hacemos una casita…
Su corazón de Madre nos va a hacer conseguir para levantar nuestras casas…”

La Virgencita se quedó…
Martina se ocupó, entre tantas cosas, de cumplir con su idea…
A los pocos meses la Virgencita tenía su pequeña casita mientras alrededor crecían las casas de todos sus hijos… Como cubiertos por su “manto grande.

• Encedemos las velas
• Rezamos el rosario

Sexto día
• Rezo de la oración a la Virgen de Luján para todos los días
Madrecita, caminadora

Zaracho vivía en la calle…No tenía una casa….
Vivía de lo que juntaba de la basura de otros… No necesitaba mucho aunque no tenía nada.
Hace tiempo que había sentido que la Virgencita de Luján era su madre…. y de todo este pueblo…
Por eso no quería tener muchas cosas. Todo lo que encontraba o le daban, lo regalaba.
Normalmente andaba solo y callado…
Se le iluminaba el rostro cada vez que escuchaba hablar de la Virgen y mucho más cuando la miraba.
Curtido de fríos y de humedades no tenía muy buena salud pero siempre estaba contento… Mucho más cuando podía hacer que la Virgencita caminara….
Su gran pasión fue hacer que la Virgen andara y visitara….
Vivía soñando con ver a la Virgen y hacer que Ella pudiera ver a todos sus hijos.
Por cumplir ese sueño gastó sus días cargando la Virgen por muchos pueblos…

Un día, de esos en los que Zaracho sentía que debía hablar, dijo: Yo no sirvo para estar encerrado en un lugar… Me gusta andar y caminar… Me parece que a la Virgencita le pasa lo mismo, por eso siempre anda buscando quien la lleva a caminar entre sus hijos…”

• Encedemos las velas
• Rezamos el rosario

Séptimo día

• Rezo de la oración a la Virgen de Luján para todos los días
Ojitos que curan “Me mataron a mi hijo y tengo el corazón lleno de odio…”

En la vida de los pobres siempre está presente el dolor …
La injusticia muchas veces se hace sentir como muerte.
Pero la muerte injusta de un hijo debe ser la forma más violenta del dolor…
Así lo sentía el corazón del Beto al que le habían matado a su hijo.
Le contaron como lo habían detenido la policía y como le habían comenzado a pegar… tanto le pegaron que lo mataron….
Después trataron de “disfrazar” la muerte, diciendo que estaba robando, que estaba drogado, que había tratado de golpear a los policías…
Beto sentía que le hervía la sangre cada vez que pensaba en esos policías.
Nunca había sentido tantas ganas de venganza…. tenía el corazón lleno de odio…
A la noche, cuando se quedaba solo lloraba y sentía que la impotencia le dolía hasta lo insoportable.
Se había enojado con Dios y le reprochaba que no hubiera salvado a su hijo de tanta violencia… de tanta injusticia…
Un día, alguien trajo a la Virgen hasta su casa.
Esa noche, Beto se quedó solo frente a la Virgen… Como tantas noches lloró de bronca, de odio y de impotencia…
Pero al mirar a la Virgen sintió que Ella también lo miraba.
Se acordó que a Ella también le habían matado a su hijo y pensó que por eso le podía entender ese peso que él llevaba en el alma.
Esa noche fue la primera de muchas noches en las que Beto se “dejó mirar por la Virgen”…
Muy despacio, casi sin darse cuenta pudo volver a pensar en su hijo asesinado sin que el dolor lo ahogara.
De a poco fue sintiendo que le volvían las fuerzas para luchar por la justicia y para ayudar a los suyos a cargar el dolor…
Fue como si la mirada de la Virgen le curara el alma….

• Encedemos las velas
• Rezamos el rosario
Octavo día

• Rezo de la oración a la Virgen de Luján para todos los días
Las manitos juntas de la Virgen: Silencio que nos entiende.

Desde chico, Julián, había aprendido a ver a la Virgencita rodeada de los rezos de las mujeres de su familia.
Tal vez sea por eso que creció pensando que eso de andar rezando era cosa de mujeres…
Muchas veces sintió que necesitaba que Dios lo cuidara, lo ayudara, lo bendijera…
Pero no sabía como pedir.
Sabía que él no era bueno y le daba vergüenza ponerse a hablar con Dios del que tantas veces se había olvidado.
Se le había metido en la cabeza que él se las tenía que arreglar solo porque no tenía porque “andar molestando a Dios”
No es que no creyera pero no quería ser de esos que sólo se acuerdan de Dios cuando lo necesitan.
Un día se quedó mirando a la Virgen… Tenía el corazón tan cansado!
Hubiera querido saber rezar pero le daba vergüenza.
Por eso se quedó callado. Le miraba las manos a la Virgencita y se dio cuenta que nunca se había fijado que las tenía juntas… como rezando…
Ese día Julián sintió que La Virgencita tenía las manos juntas porque estaba rezando… también por él…

• Encedemos las velas
• Rezamos el rosario
Noveno día

• Rezo de la oración a la Virgen de Luján para todos los días
Los abrojitos del manto de la Virgen:

Eran los tiempos en los que la Virgencita de Luján había empezado a quedarse en la tierra de sus hijos pobres.
Manuel, ese esclavo negro que se quedó a cuidarla, todos los días cumplía con su trabajo con cariño y atención….
Algunas vecinas, con esa delicadeza que saben tener las madres, le regalaron un manto para la Virgencita…
Era muy sencillo y por eso era muy lindo…
Cada mañana, Manuel entraba a la pieza donde estaba la Virgen y la miraba en silencio.
Pero un día comenzó a hablarle, como quien habla con uno mismo.
Le contaba sus cosas, le prendía velitas y le hablaba de las cosas que le había escuchado a sus vecinos cuando venían a verla.
Normalmente le traían a la Virgen esas penas guardadas en el corazón, esos deseos grandes que cuesta tanto llegar a cumplir, esas cosas que siempre andamos necesitando…
Y Manuel se las repetía cuando, de mañana, estaba solo con “su Señora”…
Casi sin saberlo, cada mañana Manuel se sumaba a los pedidos de sus vecinos.
Cuenta la historia que un día, Manuel descubrió que el manto de la Virgencita estaba sucio de barro y mojadito de rocío.
Además descubrió que tenía pegados varios “abrojitos”… Esa semilla espinuda que se agarra de la ropa cuando se camina por los pastizales de esas tierras.
Manuel no se podía explicar cómo era que la Virgen tenía el manto en ese estado…
Al principio se sintió un poco culpable. Él quería cuidar de su Señora y seguramente esto era por algún descuido suyo.
Pero después de varios días de limpiar su manto y volverlo a encontrar igual, Manuel empezó a sentir que allí había algo que era como un secreto de la Virgencita…
Fue así que Manuel, comenzó a mirarle los ojos de la Virgencita y le pareció que allí estaba el secreto.
El corazón de Manuel, comprendió que cada mañana el manto de la Virgen estaba manchado y llenito de abrojos porque Ella cada noche “se escapaba” y se andaba buscando a sus hijos que la necesitaban..
Manuel era un esclavo y por eso sabía estarse callado y mirar.
Una mañana, con su corazón cargado de preguntas, Manuel se puso a hablarle a la Virgencita diciéndole:
“Que necesidad tiene usted, mi Señora, de andar de noche por estos campos llenándose de barro y abrojos… ¿Acaso no es Usted la Madre de Dios?
¡Cómo va a estar así toda manchada ¡”
La Virgencita no respondió a los “reclamos” de su hijo Manuel… Pero a él le pareció que empezaba a entender un poco más el corazón de su Señora…
Desde ese día, comenzó a juntar los abrojitos que encontraba en el manto de la Virgen y los guardaba con atención.
Cuentan los vecinos que Manuel los ponía en agua y los hervía y después le daba esa agüita a los enfermos que hasta allí se llegaban.
Seguramente muchos de ellos se curaron con esos “abrojitos”
Manuel había sabido descubrir que la Virgen se los traía pegados a su manto para que supiéramos que su amor de madre nos quiere buscar y curar…
Y ¿hay algo que cure más que el Amor de una Madre?

• Encedemos las velas
• Rezamos el rosario