1 agosto, 2015

Virgen Luján

LA DECISIÓN

Proveniente de Brasil, en 1630 arribaron un barco con dos imágenes de la Virgen al puerto de Santa María de los Buenos Aires. Fue a pedido de Faría de Sá que quería rendirle culto a la Madre en la capilla que estaba construyendo en su estancia en Sumampa, provincia argentina de Santiago del Estero.

La carga destinada a aquel marino debió superar varios inconvenientes en el puerto. Finalmente, el amigo de Faría de Sá, Andrea Juan, busco una tropa de carretas y partió hacia el norte argentino. Fue durante la primera quincena de mayo de 1630.

La primera noche, la caravana paró en lo que hoy se conoce como Paso Morales del Partido de Hurlingham. El atardecer del segundo día, el convoy se detuvo en la estancia de Rosendo, ubicada frente al río Luján. Allí ya estaba el Negro Manuel, a quien Andrea Juan había comprado en Brasil.

La noche fue tranquila. El problema se presentó cuando los hombres quisieron proseguir la marcha hacia Sumampa. No podían mover ni un paso los bueyes. Así, se dispusieron a repasar la carga que llevaban. El conductor individualizó los dos cajones con la imagen de la Virgen.

Fue entonces cuando el Negro Manuel, conmovido, pidió que retiren del carretón a una de las cajas. Pero fue en vano, porque los bueyes no podían avanzar. Volvió a intervenir el Negro Manuel sugiriendo que se cambien los cajones de madera. Así lo hicieron, subieron el cajón y bajaron el otro. Ahora sí: sin necesitar estimulo alguno, los animales tiraron del carretón sin dificultad.

Volvió a intervenir Manuel haciendo saber que la imagen de la Virgen guardada en ese cajón debía quedarse allí. Abrieron esa caja y se encontraron con una bella imagen de la María Santísima en su advocación de la Purísima Concepción.

Los traperos y el personal de la estancia de Rosendo se quedaron perplejos y fascinados ante lo que consideraban el milagro de la carreta.

Todos veneraron la imagen de María. Todos la cubrieron de besos. Todos lloraron de emoción porque era incomprensible aquel suceso. Y todos coincidieron en dejar aquella Santa Imagen en esa estancia de Luján porque la Virgen María había elegido aquella tierra para quedarse.

Fue entonces cuando el Negro Manuel prometió con su corazón no separarse jamás de la Virgen.

La caravana partió hacia el norte con el otro cajón. Por donde pasaban, relataban lo que habían vivido.

Así, entonces, vecinos y viajantes comenzaron a visitar el lugar y Manuel les contaba lo sucedido. Los fieles comenzaron a venerar a la Virgen Santísima en aquella imagen y Ella les hacía notar su presencia.

Debido a la cantidad de feligreses que se acercaban, se levantó una pequeña capilla que el propio Negro Manuel cuidaba.

Con el tiempo, una vecina llamada Ana de Mattos, logró que le autoricen reubicar a la Virgen en una nueva capilla.

Para poder trasladarla hubo que arreglar también que Manuel fuera con Ella ya que todos lo conocían y sabían que él “era de la Virgen, no más”.

Ya en su nueva capilla, doña Ana se encargó de vestir y ornamentar a la imagen.

LA PATRONCITA MORENA

Se la conocía como “La Virgen Estanciera” o la “Patroncita Morena”.

Es porque está realizada con terracota (tierra cocida) del Valle de Paraíba, ubicada en la San Pablo, Brasil.

Allí, en el siglo XVII se producían esculturas de ese material. La imagen de la Virgen mide 38 centímetros. Está de pie sobre un nimbo de nubes, desde donde surgen cuatro cabezas de ángeles. De cada lado de la figura surgen las puntas de la luna en cuarto creciente. Tiene las manos juntas sobre el pecho.

En aquel entonces, estaba totalmente coloreada. Tenía un manto azul cubierto de estrellas y la túnica roja.

Debido al deterioro de la imagen a causa de la desintegración de la arcilla con la que fue construida, en 1904 el entonces Obispo de La Plata, Juan Nepomuceno Terrero, mandó hacerle una cubierta de plata, que dejó a la vista solo el rostro y las manos.

Fue realizada por un artesano anónimo. Es de perfil cónico y está compuesta de dos piezas que se unen en el costado de la imagen. La frontal remeda túnica y manto. Ambas están repujadas y cinceladas imitando telas con roleos vegetales y un galón en el borde del manto.

La cubierta de plata sólo se hizo para preservar la figura de María, porque se la siguió vistiendo con trajes de tela. Desde esa época se le superpone el cuarto creciente por delante del manto con que se la viste.

Es tradición que todos los 8 de mayo, día de la Coronación de la Virgen, se cambie el manto. Es jornada importante para los fieles de la Virgen de Luján.

El 3 de diciembre de 1871 se realizó la primera peregrinación general al Santuario de Luján como señal de agradecimiento de que había cesado la epidemia de fiebre amarilla en el país.

En 1887, se colocó la imagen sobre una base de bronce, se le adosó la rayera gótica con la inscripción: “Es la Virgen de Luján la primera Fundadora de esta Villa” y una aureola de doce estrellas.

Ornamentada en esta forma, fue investida con la corona Imperial bendecida por León XIII.

EL MILAGRO

Enfermo, desahuciado y casi moribundo, el Padre Pedro de Montalvo llegó a Luján en 1684 para pedirle a la Virgen su curación.

Ya en la capilla, el Negro Manuel le ungió el pecho con el sebo de la lámpara que ardía en el altar y le dio una infusión con abrojos que solía desprender del vestido de la Virgen. Milagrosamente, el sacerdote sanó y, en agradecimiento, permaneció allí como primer capellán.

Repuesto al fin, el padre Montalvo, que pertenecía a una noble familia y tenía relaciones influyentes, se dedicó a terminar la capilla. Tanto sus relaciones como las autoridades coloniales debieron vencer obstáculos de todo tipo. No obstante, lograron inaugurar el nuevo Santuario.

En solemne procesión, el 8 de diciembre de 1685 la Virgen de Luján tuvo su primer palacio y también custodio oficial: el Padre Pedro de Montalvo.

Debido a la gran cantidad de peregrinos que buscaban la protección de la Virgen, alrededor de aquella capilla comenzó a surgir una población que asistía a los feligreses.

Ante esto, el Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires instituyó la Parroquia de Nuestra Señora del Río Luján el 23 de octubre de 1730, siendo el primer párroco el Padre José Andujar.

LA VIRGEN EN MENDOZA

La historia de Nuestra Señora de Lujan se había propagado por todo el territorio. Los pobladores de la incipiente Villa de Mendoza construyeron una capilla en su nombre, la que cobijo y protegió a los vecinos en una noche que podría haberse convertido en una tragedia.

Fue en 1832 cuando un malón de indios quiso atacar la ciudad de Mendoza por la noche.

Mientras que esperaban el momento para abordar el lugar, un soldado pasó a orillas del rio en búsqueda de una médica, ya que había enfermado gravemente la esposa de un juez.

Al ver a los indios agazapados, inmediatamente, el militar dio a conocer la noticia a su jefe, quien mando a avisar del peligro a todos los vecinos de la región. Algunos pudieron huir pero otros, especialmente mujeres y niños, decidieron concentrarse en la capilla.

Incesantemente, los pobladores pidieron ayuda a Nuestra Madre de Luján y Ella, contemplativa, escucho sus plegarias.

Finalmente, el peligro cesó porque los indios huyeron sin saberse nunca cuál fue la causa de esa decisión que tomaron repentinamente.

Fue entonces cuando el pueblo entendió que se trataba de un milagro y salió del templo vivando a la Virgen de Luján porque los “había salvado”.

Pero Nuestra Madre no solo salvó a la naciente Villa, sino que también había salvado la ciudad capital de Mendoza.

LA PROMESA CUMPLIDA: UNA BASÍLICA PARA LA VIRGEN DE LUJAN

El Padre Jorge María Salvaire era un sacerdote lazarista de origen francés. Participó en 1871 de la primera peregrinación a la Virgen de Luján.

De allí en más, al Padre Salvaire se le encomendó recorrer tolderías para llevar el Evangelio. Fue a Salinas Grandes en Santiago del Estero y en la provincia de Buenos Aires pasó por Guaminí, Cochicó, Puán, Trenque Lauquen y Caruhé entre otras incipientes villas.

Ocurrió que, en dirección a los toldos de Namuncurá, donde ya había aborígenes que tenían devoción por la Virgen Gaucha, se había propado la peste de viruela. Los indios entendieron que el Padre fue quien había traído el virus y lo condenaron a morir lanceado.

Maniatado y maltratado, Salvaire comenzó a rezarle al Señor y a la Virgen y prometió: “Publicaré tus milagros… engrandeceré tu iglesia”.

Pero, en momentos en que estaba por ser ejecutado, apareció Bernardo, el hermano del cacique Namuncurá, quien inmediatamente cubrió al cura con su poncho para protegerlo. Había reconocido al Padre Salvaire y le concedió la libertad.

En 1875, el sacerdote lazarista fue ordenado custodia del santuario y párroco de Luján, por el entonces Arzobispo de Buenos Aires, monseñor Federico Aneiros.

Cinco años estuvo allí y luego, para cumplir con su promesa de propagar el culto de Nuestra Señora de Luján, volvió al desierto a recorrer toldos y evangelizar.

Publicó la obra “Historia de Nuestra Señora de Luján” y luego viajo a Roma para solicitarle al Papa León XIII la coronación pontificia de la imagen. Con oro y joyas que llevó de Buenos Aires, el sacerdote hizo confeccionar la corona en París para la Virgen. Posteriormente, le presentó al Papa la petición del Episcopado y de los fieles del Río de la Plata para coronar a la Virgen.
El Pontifice bendijo la corona y le otorgo oficio y misa propios para su festividad, que quedó establecida en el sábado anterior al cuarto domingo después de Pascua.

Fue así que, el 9 de mayo de 1887 y ante más de 40.000 fieles, el arzobispo Aneiros, en nombre de Su Santidad, coronó a la Virgen de Luján.

De allí en más, Salvaire dedicó su vida para construir una gran basílica.

Tras muchas dificultades que tuvo que vencer, pero con el apoyo de monseñor Aneiros y sus compañeros de la Congregación Misionera de Padres Lazaristas, logró iniciar la construcción de la actual Basílica Nacional de Luján el 4 de mayo de 1890. El director de tan fantástica obra fue el ingeniero Ulrico Courtois.

Pero se generó un nuevo problema: la Comisión objetó los planos por lo grandioso de la construcción. Ante esto, Aneiros le respondió: “La Virgen quiere este templo. Y el pueblo argentino, cuando sabe de qué se trata, es muy generoso. Sabiendo que se trata de elevar a su Madre del Cielo una iglesia digna de Ella, se mostrará generoso.”

Así entonces, el Arzobispo asumió todo tipo de responsabilidad y nunca dejo de alentar el proyecto. Pero no se podía gastar más en la construcción de lo que entraba por donaciones. Sin aportes estatales y con tan solo la contribución de los fieles, poco a poco se fue levantando la estructura.

Catorce años después, en 1904, durante una fervorosa solemnidad, la Imagen de la Virgen de Lujan fue trasladada a su flamante Camarín.

En 1910, el entonces Obispo de La Plata, monseñor Terrero, bendijo las naves de la Basílica y las habilito para celebraciones culturales mientras se construía el resto de la majestuosa obra.

Un año más tarde, el órgano de la Basílica quedo inaugurado. Fue construido en la casa Cavaillé-Coll de París, de 49 registros reales.

Finalmente, en ocasión de celebrarse el Tricentenario de la Virgen de Luján, el 6 de octubre de 1930 se inauguró la Basílica de Nuestra Señora de Luján. El 8 de diciembre de ese mismo año el Papa Pio XII le otorgó oficialmente el título de Basílica a tan majestuosa obra en honor a la Santa Virgen, Patrona de los argentinos.

Cabe destacar que el Padre Salvaire, murió el 4 de febrero de 1899, a los 51 años. Fue inconmensurable el amor dio por y para la Virgen Gaucha. Antes de morir dijo: “Creo en Dios, amo a mi Dios y espero en ti, Madre mía de Luján”. Sus restos descansan en el crucero derecho de la Basílica, a los pies de la imagen de la Medalla Milagrosa.

LA BASILICA

Es de estilo neogótico ojival. Está circundada por una reja de hierro forjado que a intervalos presenta el monograma de la Virgen. Se accede al santuario a través de una escalinata de mármol blanco de 15 peldaños que simboliza el acceso del ancianismo a un lugar superior. La fachada se divide en tres plantas: inferior, central y superior. Tiene vitrales de gran importancia.

La cripta de la basílica alberga tesoros relacionados con la historia de Luján, cuenta además con réplicas de todas las advocaciones marianas de América.