14 septiembre, 2015

Negrito Manuel

El llamado más tarde Manuel, nació en la Costa de los Ríos (tierras de Guinea), al occidente del África en 1604. Allí vivió hasta los 23 años junto a los miembros de su tribu. Siguiendo los usos y costumbres de su tierra, Manuel vivía de la caza y la pesca. Siguió las tradiciones de sus antepasados adorando y dando culto a una serie de fetiches e ídolos que, según distintos relatores, más que satisfacciones y alegrías, le infundían espanto y pavor en su ánimo.

Durante un reclutamiento de negros realizados por mercaderes Manuel fue apresado, privado de su libertad y trasladado a la isla de Santiago, en Cabo Verde. Allí la colonia portuguesa contaba con una base comercial de esclavos.

Mientras se definía su destino, el ahora esclavo habría recibido el Bautismo a través de padres misioneros que, tras una corta catequización, ofrecían ese sacramente a todo aquel que voluntariamente lo deseaban, según indican documentos de la época.

Finalmente, la Compañía negrera destinó al esclavo al reino del Brasil. El viaje no fue placentero. Por cierto, por más de treinta días, junto con el resto de los negros privados de la libertad, el negro permaneció encerrado bajo la cubierta de la nave, encadenado en los pies y con escasa alimentación. A esto se sumó el destrato que recibió el grupo de esclavos con palos y azotes que hizo que muchos de sus compañeros murieran durante la travesía.

En 1629 llegó a Pernambuco, en Brasil. Una vez en tierra, los esclavos fueron llevados a la plaza pública cercana al puerto y expuestos a la venta como una mercancía.

Fue el capitán de navío Andrea Juan quien puso especial atención en el negro, pagó la suma convenida y lo llevó para su servicio.

Pero nuestro querido negro no sabía el camino que tenía trazado y que hicieron que viaje a Buenos Aires.

Es que el capitán, de origen portugués, era amigo de Antonio Faría de Sá, quien había decidido trasladarse a Buenos Aires y, buscando mejores horizontes, marchó a Córdoba del Tucumán (Santiago del Estero). Una vez allí, se instaló en Sumampa donde adquirió una hacienda.

Tanto Andrea Juan como de Sá tenía una amistad con un marino, de quien se desconoce su nombre. Él estaba en Buenos Aires y previo a partir hacia Faria de Sá le dio una carta para su compañero residente en Pernambuco. Concretamente le pedía una pequeña imagen de la Inmaculada Concepción para darle culto en la Capilla que estaba construyendo en su estancia del norte argentino. Su fiel compañero le compró dos imágenes en señal de amistad. Cada una de las ellas fue embaladas por separado porque, al ser de barro cocido, corrían riesgo de que se quiebren durante el viaje de regreso a Buenos aires.

Pero el capitán Andrea Juan no solo estaba concentrado en la preparación de la embarcación con las mercancías que le había requerido su amigo, sino que también disponía al negro a recibir la más completa instrucción de la Doctrina Cristiana. Fue así como, entregado a la Fe, renovó las promesas bautismales y recibió la Primera Comunión. Entonces, tomó definitivamente el nombre de Manuel. Se estima que la ceremonia fue en los días de Navidad o Reyes.

Ya con una identidad y consolidado en la Fe, el marino le dio a Manuel el cargo de paje (servidor del buque) y, finalmente, la nave San Andrés zarpó rumbo al puerto de Santa María de los Buenos Aires.

El 21 de marzo de 1631 el buque amarró en el Puerto de Buenos Aires. Pero el Andrea Juan tuvo una serie de complicaciones, que fueron sorteadas gracias a la ayuda del capital Bernabé González Filiano. En agradecimiento, el marino le entrega a su esclavo y paje, quien es enseguida trasladado a la estancia que el marino tenía en Luján.

Decidido a dejar el barco por un tiempo, Andrea Juan resuelve llevar personalmente las Imágenes de la Virgen a su viejo amigo Faría de Sá.

Fue así como partió con una tropa de carretas hacia el Norte. La primera noche se detuvo en lo que hoy es la ciudad de Hurlingham. Continúo el viaje y la noche siguiente detuvo la tropa en la estancia de Rosendo, propiedad de Bemabé González Filiano, ubicada frente al río de Luján. Allí moraba el Negro Manuel.

Pero al día siguiente, cuando Andrea Juan quiso proseguir la marcha sucedió que los bueyes que tiraban el carretón no podían moverlo. Al ser consultado sobre la carga, respondió que, entre varias mercancías, llevaba dos cajones con imágenes de la Virgen.

Así se hizo, pero en vano, porque por más que tiraban los bue¬yes, el carretón seguía en el mismo lugar. Ante esto que el Negro Manuel redobla su idea y sugiere que se cambien los cajones. Es así como se bajó el otro cajón, se cargó el que estaba en tierra y, sin ningún tipo de estímulo, tiraron los bueyes del carretón sin dificultad alguna.

Ante la admiración de todos los que estaban es la estancia Rosendo y con lágrimas en los ojos gritaban a viva voz: ¡Milagro! ¡Milagro!.

Entonces el negro Manuel consideró que era una señal de la Virgen y, según indican los relatos, enfatizó: “Esto indica que la Imagen de la Virgen encerrada en este cajón debe quedarse aquí”.

Abrieron el cajón y se encontraron con la imagen de María Santísima en su advocación de la Purísima Concepción. La figura, de arcilla cocida y de 38 centímetros de alto, tenía sus manos juntas. Fascinados y absortos, todos los arrieros veneraron y besaron a la Virgen pero, especialmente, el suceso impactó en el Negro Manuel que juró que jamás se separaría de esa Santa Imagen de María. Fue entonces cuando los traperos consideraron oportuno dejarla en la estancia de Rosendo porque entendieron que era una particular disposición del Cielo. Y el convoy siguió su camino al Norte con el cajón de la otra imagen.
De inmediato los arrieros la veneraron y luego, en devota procesión, llevaron la imagen a la casa de la estancia de Rosendo donde sus dueños le levantaron un humilde altar.

Pronto Bemabé González Filiano comprendió que era necesario edificar un Oratorio para venerar a la Virgen. Los más entusiasmados en construir la Ermita o Capilla fueron Diego Rosendo, hijo del anterior dueño de la estancia, y el Negro Manuel. La hicieron con paredes de adobe y techo de paja.

En tanto, la noticia se propagó y llegaban numerosos peregrinos a la capilla primitiva donde se veneró a Nuestra Señora durante cuarenta años.

El Negro Manuel fue el principal propagador del culto a la Virgen. Con esmero y prolijidad mantenía un pequeño altar al que nunca le faltaba una vela. Nunca la Imagen estaba sin luz. Entendía que había sido reconocido como el verdadero esclavo de la Santísima.
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Así pasó los años el Negro Manuel. La estancia de Rosendo y, en consecuencia, la Ermita cayó en abandono. Fue entonces cuando Ana de Matas, una prestigiosa dama de Buenos Aires, pidió la Santa Imagen al administrador de las tierras para darle culto en su propiedad, también ubicada sobre el río Luján.

La mujer se llevó la figura a su estancia, pero al día siguiente la Imagen de la Virgen no estaba en el lugar. Fue hallada en la Ermita de Rosendo. Volvió a llevársela, pero otra vez desapareció. Por ello, Matas informó a las autoridades eclesiales y civiles de Luján, quienes consideraron que la Santa Imagen debía ser trasladada solemnemente. Se hizo así y la imagen ya no volvió a desaparecer.

Este hecho tuvo dos lecturas. Por un lado se interpretaba que la figura había sido trasladada con reverencia y dignidad. En cambio otros contemplaban el hecho de que el Negro Manuel haya participado del traslado. Esto trajo dificultades para el negro porque los herederos dela estancia Rosendo alegaban que era su esclavo. Fue entonces cuando Manuel se defendió diciendo:
“Yo soy de la Virgen no más; el conductor de las Santas Imágenes, Andrea Juan, me dijo varias veces antes de morir, en la casa de Rosendo en Buenos Aires, que yo era de la Virgen, y que no tenía otro amo a quien servir más que a la Virgen Santísima”.

Entonces, Doña Ana pagó cien pesos a los que se sumaron otros 150 que logró colectar el sargento mayor don Juan Cebrián de Velazco a favor del fiel negro. Los 250 pesos fueron suficientes para los herederos de la estancia Rosendo. Tal es así que en la escritura de venta los herederos del capitán Bemabé González Filiano recalcan que “el negro Manuel ha intentado seguir la causa de si es libre, por razón de que ha estado sin sujeción asistiendo por nuestra devoción y consentimiento al servicio de la Capilla y altar de Nuestra Señora de Luján; pero todo ello no tiene fundamento, aunque haya personas a su favor que le muevan a tal empeño. Sin embargo, porque en el caso han intervenido muchas personas devotas de la dicha Santa Imagen de Luján, para que no cese la obra buena y devoción del dicho Manuel, como se experimenta, así lo vendemos en venta real para la obra de dicha Santa Capilla e Imagen de Luján, para que la sirva y cuide de su culto, veneración y aseo.”

El traslado de la Santa Imagen desde la estancia de Rosendo a la casa de doña Ana de Matas se realizó en vísperas de la fiesta de la Purísima Concepción en 1671.

De allí en más, Ana de Matas proyectó la Capilla prometida a los fieles y, mientras se preparaban los planos, abrió un pequeño Oratorio que atendía Manuel. También, y de acuerdo a los usos y costumbres españoles, la mujer recubrió con ropajes a la Santa Imagen.

La calidez y sencillez del Negro Manuel para con su Virgen se potenció. Aseaba su altar, encendía velas y ungía con el sebo de su lámpara a los enfermos que se acercaban de distintos lugares a buscar cura en la Virgen.

Ciertas veces, el fiel Manuel notaba que por las noches la imagen faltaba de su nicho y que por la mañana la encontraba nuevamente allí cubierta, algunas veces con roció, otras con polvo y barro y otras con abrojos y cadillos en su manto y vestido. Entonces, el negro le decía: “Señora mía, ¿qué necesidad tenéis Vos de salir de casa para remediar cualquiera necesidad siendo tan poderosa? ¿y, como Vos sois tan amiga de los pecadores, que salís en busca de ellos, cuando véis que os tratan tan mal?”

No obstante, con los cadillos, abrojos, barro y polvo, que el negro sacudía del vestido de la Virgen, los utilizaba para el bien de los devotos.

A lo largo de los años Manuel llegó a ser consejero y amigo de los habitantes del lugar. Ayudó a la realización de la Capilla y nunca dejo de servir a la Virgen. Siendo ya un anciano enfermo, Manuel dijo antes de morir: “Mi Ama, la Santísima Virgen, me ha revelado que he de morir un viernes y que al sábado siguiente me llevará a la Gloria”. En efecto, murió tal como lo había anunciado hacia mediados de 1686.

Su cuerpo fue sepultado detrás del altar mayor del Santuario que se estaba terminando de edificar.

Por más de 50 años el Negro Manuel sirvió a la Virgen. Nos dio ejemplo de devoción, piedad, servicio y atención a los peregrinos y necesitados de la Madre María. Es un fiel esclavo del amor a la Virgen de Luján.

Cuidó Manuel de la Ermita,
Con esmero y alegría;
siempre brillante, con flores
y con luces encendidas.

La historia no te ha olvidado,
Manuel, varón de color.

Seguro, excelsa Señora,
Purísima Concepción,
diste el premio de la gloria
a tan grande corazón.

María Ángela Cabrera,
Seminario Catequístico de Morón

 

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